sábado, 26 de agosto de 2017

IIAAV #2


Dulces sueños


Lo había estado observando desde hacía meses. Sabía que no debería haberse acercado. Aquella casa era la peor opción que podría haber tomado, demasiado riesgoso, demasiado obvio. Pero no podía evitarlo, había una fuerza más poderosa que lo seguía llevando al mismo lugar cada noche, al punto de que si no la obedecía se volvía doloroso.

Quizás estaba engañándose a sí mismo. Demonios, ¡por supuesto que estaba engañándose a sí mismo! Pero después de trescientos años de existencia, seguía siendo igual de débil ante las explosiones emocionales.

Su primera incursión en la casa hacía dos semanas había sido un completo desastre. Había intentado usar las alas con las que había nacido, pero el remedio había sido peor que la enfermedad, si hubiera entrado caminando, por la entrada principal, mientras la familia cenaba en el comedor, no habría sido tan terrible como lo que efectivamente había ocurrido. La extensión de sus alas —unido al largo de sus dedos— era demasiado para la cocina donde se encontraba la puerta trasera, y había terminado tirando platos, vasos y potes de harina y azúcar. El piso era un desastre y al cerrar sus alas para tratar de evaluar los daños había terminado por pisar el destrozo y dejar marcas de sus enormes pies y uñas —solo un par, pero eran suficientes—. Se retiró al instante, justo cuando la esposa llegaba por la puerta del garaje con el bolso del trabajo en una mano y el bebé atado en un canguro. Sí, la familia tenía un bebé, ¡estaba siendo un completo idiota! Lo sabía bien.

Se retiró al abrigo de la tarde, cuando ya el sol no podía dañarlo y dedicó el resto de la noche a la caza, olvidando —o mejor dicho, tratando de ignorar— la escena de espanto que había dejado en los suburbios. Su color grisáceo solía ayudarlo a camuflarse en la naturaleza —y solía volar demasiado alto como para que pudieran reconocerlo como un peligro—, pero de todas formas acercarse demasiado a las ciudades era ridículo, completamente estúpido. Pero allí estaba él.

La razón por la que se había obsesionado con esa casa en particular era aún más ridícula. Tenía suerte de no haber encontrado a ninguno más de su especie en el área, en el mejor de los casos se habría convertido en el hazmerreír eterno de la otra criatura, en el peor de los casos, su camarada habría tomado el asunto en sus manos y habría eliminado la posible amenaza. Después de todo, sus sentimientos convertían al sujeto de sus deseos en una peligro para su especie. Nadie quería ser ese tipo, y si ese tipo no podía evitar encapricharse con la comida, normalmente los demás se hacían cargo de que terminara en donde debía terminar —adentro de uno de ellos—.

No podía evitarlo. Había volcado por completo su forma de pensar —normalmente enfocada en urgencias alimentarias— y lo había convertido en un chiquillo asustado, persiguiendo entre las sombras, acobardado, esperando que el otro se moviera primero.

Por supuesto aquello era enfermizo. Había comido a humanos que se comportaran de esa forma antes. Era completamente capaz de darse cuenta de que sus actitudes no tenían sentido para alguien de su especie y serían espeluznantes en caso de que fuera un humano.

Pero es que aquel hombre… Aquel hombre le hacía latir el corazón.

Sí… el marido. El hombre perfectamente feliz y casado, al que había escuchado quejarse innumerables veces de las teorías ridículas de su mujer que estaba asustada por los eventos sucedidos. Después de todo no solo había destruido la cocina, sino que también se había colado por las noches a la casa para verlo pasar del cuarto al baño y luego al cuarto del bebé, completamente a oscuras en su ropa interior — horroroso realmente, eso lo sabía, pero no podía evitarlo—; de vez en cuando la mujer también se aparecía y lograba captar alguna parte de él, lo cual le hacía correr espantada de regreso a la habitación. La teoría más fuerte de la mujer es que había un demonio en la casa. No estaba tan equivocada, algunos incluso dirían que estaba completamente en lo cierto. Pero el hecho era que él no estaba allí para robarle a su primogénito —la pequeña criatura no podía importarle menos, aunque había pasado un par de veces por su cuarto y notó que el bebé sabía perfectamente que allí estaba… y no le provocaba terror—, sino a su marido. Tal vez. En realidad no lo sabía. No podía saberlo. ¿Qué iba a hacer un vampiro como él —alado y de aspecto animal— con un humano? Además que comérselo, claro. Nada de aquello tenía sentido, pero él seguía apareciéndose.

A veces tenía que retirarse temprano; un paso en falso podría significar despertar al bebé o al perro —otra criatura molesta, que no paraba de ladrarle cuando lo percibía—; pero aquella noche llegó hasta la puerta de la habitación cuando todo el mundo ya dormía profundamente.

Nunca había llegado tan cerca. Se preguntó si debía entrar, si acaso debía aprovechar aquella oportunidad única y acercarse lo más que pudiera a aquel hombre. Era tan extraño, se sentía nervioso, sus instintos ni siquiera se enfocaban en la sangre, era como si ya no importara. Una habitación llena con casi doce litros de sangre —si contaba al perro— y lo único que le interesaba era tocar la mejilla de aquel hombre, solo un poco, solo para ver cómo se sentía. Podía hacerlo muy rápido, tendría cuidado de no tocarlo con sus garras, no quería lastimarlo.

Había colocado su enorme mano en el marco de la puerta, sus ojos amarillos apenas asomados, espiando, tratando de generar coraje para dar un paso hacia adentro… Y entonces ocurrió. Escuchó la respiración del hombre volverse controlada al tiempo que el perro abría los ojos y lo enfrentaba directamente.

¡Demonios! ¿Demonios? ¿Tenía sentido insultarse a sí mismo?

El animal saltó de la cama y comenzó a ladrar con fuerza. Sabía que no habría vuelta atrás. El hombre abrió los ojos bien grandes al notar sus largos dedos y, por alguna razón que todavía no sabía explicar, salió saltando de la cama en dirección hacia él.

¿Lo estaba persiguiendo? ¿De verdad? Nunca entendería a aquellos humanos que corrían hacia el peligro, en lugar de huir de él. Pero ahora no tenía escapatoria, debía desaparecer. Salió disparado por el pasillo y giró a la izquierda, hacia una habitación a oscuras.

El hombre y el perro lo siguieron de cerca, seguramente estaban corriendo al máximo de sus posibilidades, pero para él fue como una carrera en cámara lenta. El hombre prendió la luz de la habitación. No había ventanas allí. Era un baño de invitados, si hubiera estado prestando atención —como lo habría hecho si en lugar de encapricharse con un humano lo estuviera cazando— hubiera sabido que no tenía que meterse allí. Pero no había estado prestando atención y como resultado estaba acorralado.

El hombre en la puerta, sin embargo, parecía completamente desorientado. Su pelo ondulado, despeinado por estar recién levantado, y sus ojeras permanentes —desventajas de tener una cría de seis meses— le dieron una apariencia bastante bobalicona mientras trataba de comprender por qué no veía nada. El perro, por otro lado, ladraba decidido hacia la esquina. Hacia su esquina. Allí donde se había metido, arrollado, con sus alas abrazándolo y los pies pegados al techo.

Entendió entonces. Él había querido desaparecer, eso le dio la habilidad que, durante toda aquella temporada, había olvidado que tenía… volverse invisible, o mejor dicho, volverse invisible a ciertos espectros de luz.

Era bastante estúpido que no lo recordara, pero, después de todo, toda aquella situación era ridícula. El hombre se cansó eventualmente y él lo vio desaparecer por el pasillo en sus calzoncillos azules.

No pudo salir de la casa hasta la noche siguiente. Los humanos lo habían olvidado. Pero el perro siguió allí hasta que lo sacaron a pasear al atardecer.


Se alejaría de los suburbios por un tiempo. Corazón latiente o no, debía trazar un mejor plan antes de hacer la siguiente tontería.


Basado en: no lo recuerdo (link pendiente), probablemente por Be. Busta.