sábado, 12 de agosto de 2017

It's Always a Vampire (IIAAV #1)

El arrendador


Rara vez dejaba la planta alta. Era una decisión logística más que otra cosa. Desde que se hubiera hecho con aquella casa en Calgary, esta había pasado de mano en mano durante años, pero jamás se había vendido. Ese era solo parte de su plan, la otra parte entraba en juego cuando caía el sol y estaba bien despierto. Para encontrar su equivalente al café de las mañanas debía permanecer paciente y en las sombras, era solo cuestión de tiempo, pero no podía darse el lujo de pisar la planta baja, nadie iba a entrar si lo escuchaban moviéndose al lado de la puerta. Los humanos no era tan idiotas.

A veces era necesario que saliera a buscarlos. Incitarlos a ir. Atraerlos con una pizca de su buena predisposición. Engañarlos, básicamente, con la idea romántica de acercarse a la vieja estructura abandonada. Valía la pena, era la mejor forma de conseguir lo más dulce de la especie: sus jóvenes.

Había estado trabajando en ello durante semanas. Había un grupete de adolescentes un tanto trastornados en la secundaria más cercana. Amaba a los adolescentes trastornados, no tenía que crear grandes excusas para hacerse con ellos, básicamente aparecían de forma voluntaria y a veces ni siquiera debía hacerse pasar por algo que no era. Nada mejor que la comida haciendo todo el trabajo por uno.

Estaba a punto de salir a buscarlos para continuar su delicado trabajo de convencimiento cuando escuchó el sonido de dos motores desacelerándose en la entrada. No estaba esperando a nadie, pero tampoco iba a despreciar a un invitado.

Se quedó cerca de las escaleras, escuchando. Sintió prontamente dos pares de pies acercándose lentamente a la puerta. Había duda en la forma en que se estaban acercando. No podía culparlos, después de todo, él estaba allí, muy cerca de ellos y, a pesar de los implacables intentos que los humanos tenían para eliminar sus instintos, había cosas, como él, que no podían eliminarse fácilmente. Una de las personas se acercó primero, con un poco más de seguridad. Supo entonces de qué se trataba todo aquello... la casa había vuelto al mercado.

Se decepcionó un poco, iba a tener que seguir trabajando en los adolescentes, aquellos invitados inesperados no eran la clase de población con la que podía hacer lo que se le diera la gana. Pero no iba a dejar de ser divertido verlos reaccionar.

El agente inmobiliario dio un paso adentro mientras comenzaba su propio trabajo de engaño y convencimiento. Después de todo, solo a un loco se le ocurriría vender una casa en aquel estado de deterioro, o mejor dicho, solo a un loco se le ocurriría comprarla. El cliente apareció después con los ojos fijos en la completa oscuridad de la casa, casi de inmediato dudando de sí mismo... razonablemente.

Se movieron unos pasos más hacia el interior, probablemente reprochándose el uno al otro no haber llegado más temprano, cuando el sol todavía podía servirles de ayuda para guiarse, y sintiéndose bastante ridículos por no recordar que allí no había luz eléctrica. No había mucho que pudieran hacer allí, pronto esa idea llegaría a sus pequeños cerebros, pero él no podía dejar pasar la oportunidad para asegurarse que nunca, jamás, volvieran a aparecerse por ahí.

El cliente se había movido lentamente hacia la escalera. Aquel era el momento perfecto.

−¡Ya bajo! −dijo con la voz más amigable que pudo construir, no sonaba a él, y eso era algo bueno.

Se movió un poco para poder ver la reacción en sus caras. Valió la pena. El agente inmobiliario dio un paso hacia atrás, seguramente pensaba −en estado de shock− que todo lo que le habían dicho sus compañeros sobre la propiedad era cierto. Probablemente se maldecía por haber sido el confiado valiente que aceptara vender aquel lote de tierra que nadie más, tanto más viejos y experimentados que él, había logrado vender o simplemente habían rechazado de cuajo. El posible comprados parecía confundido, su cara demostraba un escepticismo temblequeante, rajado, que aún se forzaba por permanecer.

Él rio. Amaba la cara inerte, fuera de sí, que los humanos colocaban al enfrentar su presencia. La armonía profunda y antinatural de su risa fue razón suficiente para sacar a ambos hombres de la casa. No habían dado una sola vuelta a la planta baja y ya se retiraban a sus autos como comandados por una fuerza poderosa.

Tan solo por diversión, y al ver que ya las estrellas cubrían el cielo, se decidió a seguirlos. Agente y cliente se dedicaron una mirada rápida.

−Ya... ya no estoy interesado en la compra de la propiedad −tartamudeó buscando las llaves del auto.

−¿Por qué no? −escucharon a sus espaldas.

Si los humanos hubieran volteado en aquel instante lo habrían visto, sonriendo abiertamente, casi de forma amigable. Pero no voltearon, por supuesto que no. Los autos salieron despedidos a la ruta y desaparecieron en la distancia prontamente, como debía ser.

Él volvió a la casa antes de que dieran las nueve, acababa de ver la luna llena y debía preparar el lugar. Esa noche vendrían los encapuchados del barrio a hacer el ritual ridículo que repetían cada mes desde hacía casi un año y esta vez habría un accidente. El pensar en ello le aguó la boca. Sería una noche divertida.


Basado en el video: Top 3 Scariest Canadian Urban Leyends of All Time! de Kaylena Orr