sábado, 18 de febrero de 2017

El viaje de escribir una novela II

¡Buenas a todos! ¿Cómo han estado? Perdonen la demora pero he estado luchando con algunos problemas personales. Hoy paso nuevamente para dejarles la segunda parte de esta serie de entradas que explora el trabajo creativo (y no tan creativo) de escribir, corregir y editar una novela (todo esto antes de que se corrija y edite por profesionales en una casa editorial).

La última vez ya había terminado el primer manuscrito y lo había presentado a consideración a la editorial. A partir de este momento empieza una larga espera, varios meses en los que, por razones personales, no fui capaz de escribir más nada. Cualquier artista puede decirles que con el paso del tiempo uno empieza a volverse más crítico de su obra, y en el caso de un escritor que no tiene quien lo reseñe y que además no ha escrito en meses (con lo cual tampoco ha leído su obra en meses), comienza una etapa de cierta repulsión a lo que se ha escrito. En mi caso comencé a autoconvencerme que la obra no era buena, que era un desastre, que claramente me iban a rechazar, que yo era un desastre.

La razón por la que comparto estos sentimientos depresivos es porque quiero que sepan que ocurren, que no es raro si te está sucediendo y que no tienes que sentir que los demás escritores tienen todo bajo control y tú eres el único que piensa que su obra apesta. No. No te destruyas, no eres un desastre, a las obras hay que dejarlas descansar y son más las veces que uno tiene inseguridades y dudas acerca de lo escrito, que las que te sientes más cómodo y seguro con tu obra.

Finalmente en diciembre llega mi respuesta. Para ese entonces yo me había enterrado bajo cientos de comentarios despectivos para conmigo misma y no confiaba en mis capacidades. Por eso fue que me sorprendió que la respuesta fuera positiva. Y bastante positiva.

Eso sí. Había que hacer cambios y yo lo sabía. Iba a tomarme gran parte de mis vacaciones, ¿pero a quién le importa? Trabajar para los sueños siempre llena. Lo que me preocupaba es que no estuviera a la altura, que no pudiera hacerlo.

Me aseguré de ponerme una meta, pedir que me dieran una fecha límite, tenía que desafiarme a terminarlo, era la única forma de que pudiera hacerlo.

Mi odisea de edición y corrección comenzó el 8 de enero.


Decidí imprimir y encuadernar la obra para que fuera más manejable y pudiera trabajar en cualquier lugar. Creé un sistema de colores para marcar errores, cambios, palabras (o párrafos enteros) a eliminar, y repeticiones. Pero antes de empezar a marcar tenía que investigar algunos cabos que me habían quedado un poco sueltos o malinformados en el primer manuscrito (a veces prefiero seguir escribiendo y dejar la investigación profunda para más tarde... ahora era más tarde).


Tenía puntos específicos para investigar y cabos específicos para atar, así que sabía que podía lograrlo con una cantidad limitada de días. De cualquier forma, cuando estuviera editando en papel iba a poder encontrar más agujeros y trabajar en ellos.

Una vez que investigara sobre los problemas principales me dediqué a la edición y corrección en papel. Un total de cinco días para eliminar y cambiar muchísimo el texto.

Cuando comencé la edición y corrección en Word decidí cambiar el prólogo (ya era el tercero que escribía), e hice muchos más cambios y eliminé mucho más texto que en papel. Se sentía bien, era como purgar al texto de todo lo malo, de pronto comenzaba a surgir una historia que podía querer mucho, un personaje que podía apoyar hasta el final.

Los cambios principales tuvieron que ver con el lenguaje (quería que los personajes hablaran como uruguayos y no solo fueran uruguayos en papel) y debía eliminar un recurso con el que había experimentado y que, a mi parecer, no funcionaba con la historia (hubiera sido lindo que funcionara, pero me partía los ojos verlo).

Una vez que terminé con la corrección electrónica me sentí muy satisfecha con mi trabajo... Eso solo duraría unos días.

Mis dos lectores beta habían leído y compartido sus opiniones conmigo y había varias cosas me dejaban incómoda. Sabía que podía hacerlo mejor. No estaba un 100% feliz con algunos detalles y quería trabajar sobre ellos. Estaba cansada, agotadísima, con pesadillas continuas por la noche y el sueño muy desvirtuado (mientras editaba me acostaba alrededor de las cinco de la mañana), pero tenía que hacerlo. Quedaba una semana antes de la fecha de entrega, el reloj estaba corriendo veloz en mi contra, no podía hacer nada más que ponerme manos a la obra y esperar no tener que pedir que me extendieran el plazo límite.

Imprimí otra copia, la llamé manuscrito 2.5 porque ya había hecho algunos cambios basándome en los consejos de mis beta, y me puse a repetir el proceso que había empezado menos de un mes antes.

Fue un trabajo mucho más delicado. Ya no se trataba de quitar grandes pociones de texto, sino de pasar el peine fino por lo que seguía quedando que no resultaba necesario o que oscurecía más de lo que aclaraba.

Volví a cambiar el prólogo.

Jamás he borrado tanto texto en mi vida. No me suele resultar fácil, se trata de mis pequeños bebés después de todo. Pero en este caso era diferente, se sentía diferente y por alguna razón me resultaba fácil quitar lo que sobraba y no quedarme colgada de una oración de la que estuviera particularmente orgullosa.

Pero como suele suceder con toda la seguridad que un escritor puede tener, la duda asalta en el peor momento. Quizás antes de explicar mi solución deba explicar el problema.

Yo quería escribir a mis personajes como personas que traspiraran el ser uruguayo aunque fueran tan diametralmente opuestos al uruguayo común. Para mí eso se vería a través de la lengua. Uno puede ser cualquier clase de persona, pero en nuestro uso de la lengua cometemos pequeños traspiés que dejan en evidencia nuestro lugar de procedencia.

Era necesario que los personajes vosearan. Pero deben saber que eso no me resulta en absoluto fácil. Me considero una persona tuteo-voseante, uso ambas variedades de la lengua, pero tiendo a preferir el tuteo, y cuando se trata de la escritura, jamás, nunca, en absoluto voseo. Así que hacer que mis personajes vosearan ya había sido una odisea en sí misma.

El problema surge cuando empiezo a preguntarme hasta qué punto (y con punto me refiero a lugares geográficos) puedo mantener este voseo. El problema con creer que sabes algo es que probablemente no es cierto. Yo había investigado las variedades del español del Uruguay antes y conocía gente de varios puntos del país. Sin embargo, no podía decir con certeza que lo supiese todo. No sería razonable.

Así que decidí hacer un llamado a mis conocidos del interior del país (con Montevideo no tenía problemas) para asegurarme de que no hubiera cometido algún error grande al representar a mis compatriotas. Tuve suerte, solo debí arreglar la forma de hablar de un solo personaje y ni siquiera habla demasiado. Pero la travesía me enseñó a nunca volver a tomar por sentado nada...

La corrección esta vez me llevó a terminar a las cinco de la mañana del día de entrega. La parte más difícil había sido editar sobre lo editado en papel. Lleva mucho tiempo ver pequeños detalles y luego hay que pasarlos al archivo final. A pesar de todo el estrés, fue una experiencia agradable, cada capítulo corregido era una pequeña victoria.

Y así terminamos la segunda entrega de El viaje de escribir una novela, espero que les haya parecido interesante (aunque fuera tan largo el texto) y que tengan muchas preguntas para la próxima entrega.

¡Recuerden que hoy se publican múltiples entradas! ¡Variedad para los distintos gustos!


¡Que tengan un hermoso fin de semana!

¡Muchas gracias por leerme!